Ir al contenido principal
Tras más de cincuenta palos
Tras más de cincuenta palos
  • Inicio
  • Blog
  • Información
  • trasmasdecincuentapalos.es

Crea tu propia página web con Webador

CUANDO EL TIEMPO SE DETIENE

 

Siempre me  ha resultado muy agradable el sonido de la nieve al pisarla. También el ulular del viento de invierno, aún cuando ello provoque que me lloren los ojos. Hay algo mágico en todo ello. O tal vez no sean más que delirios de quien escribe.

 

La montaña siempre ha tenido una fuerte atracción sobre mi. Desde que era niño. Me gustaba ver documentales de gente yendo a lugares donde uno se puede sentir muy pequeño y, a la vez, en la cima del mundo ( se sitúe esta en el lugar que sea en cada instante).

 

Sin embargo no fue hasta pasados los treinta cuando, de verdad, descubrí la belleza que se muestra en la quietud de una montaña. Antes, el devenir de la vida me había llevado por otros lugares; imagino que todo forma parte de un proceso.

 

Empecé a ir a la montaña en soledad porque las circunstancias me empujaron. Tenía tiempo libre cuando los demás no. Al principio fue como cuando tienes muchas ganas de comer algo enlatado, lo abres y te lo comes; sin pararte a leer si había que calentarlo etc. Recuerdo haber llegado al coche con la nuca abrasada por el sol, muerto de frío, mojado…

 

Cuando uno se abre a escuchar y a leer empieza a prevenir, a planificar y también a disfrutar mucho más. Porque si algo he descubierto en estos años ha sido que, a la montaña, uno debe de ir con tiempo para sentir cómo el reloj se detiene y pararse.

 

Un día de otoño, sentado en alguna piedra camino de la Cola de Caballo (Ordesa), escuché (por primera vez) el sonido del silencio. Esos instantes en los que todo parece detenerse. Sentir la naturaleza, que dirían los puristas. Eso hice en aquel instante. Era mi primera vez allí y fue el inicio de un recorrido que me ha llevado a un montón de paraísos. Tanto cerca como lejos.

 

Todos los que vamos a la montaña nos hemos topado con lugares que, sin ser el objetivo en sí mismos, nos han atrapado el corazón. Recuerdos imborrables. Tal vez uno de los más recurrentes en mi memoria haya sido un atardecer de verano por los Montes Aquilianos, pasado el Morredero. Un día sin nada especial, de mucho calor y raspaduras en las piernas. Sentado al borde de la carretera que serpentea su cima, la luz se fue apagando mientras los colores inundaron todo ante mí. Una pintura perfecta. Un lienzo natural que ha quedado para siempre grabado en mi memoria.

 

Ahora que disfruto yendo en compañía las sensaciones, en lo esencial son las mismas. Ver en otra cara el reflejo de la propia es fantástico. Uno no debe de adentrarse en la montaña con quien no la disfrute. Sería como hacer la travesía con una piedra en la bota. Poder sentarte en la misma piedra, mientas el tiempo se detiene, con una sonrisa...no tiene precio.

La silla de parar las prisas

 

 

 

Todo va muy deprisa, a veces demasiado. Los acontecimientos se suceden uno detrás de otro en nuestras vidas y a nuestro alrededor; muchas veces incluso sin tenernos en cuenta a nosotros mismos. Y ese torbellino puede arrastrarnos a lugares en los que no queremos estar; nos obliga a abrir puertas que tal vez querríamos cerradas. También nos impide cerrar al salir aquellas por las que gustosamente salimos. Así las cosas, de vez en cuando, es conveniente detenerse en busca de resuello en la silla de parar las prisas.

 

Tiendo a ser una persona que gusta de observar, de detenerse en lugares de mi interés para admirar aquello que me provoca. He intentado ser sosegado cuando las emociones me barrían por dentro. No siempre lo he logrado y eso ha tenido un precio. Sin apenas ser consciente de ello medio siglo ha pasado en un abrir y cerrar de ojos. Demasiadas malas decisiones tomadas al albur de las prisas. Unas necesidades reales y creadas que han dejado no pocas cicatrices en lo más profundo de mi ser.

 

El tiempo pasa de modo inexorable para todos pero es tiempo (no sé en realidad si será mucho o poco) de que desacelere el paso y concentre mis esfuerzos en las cosas que, verdaderamente, merecen la pena. Comenzando por algo tan elemental como asegurar los puentes que nos mantienen unidos a las personas importantes. Unas veces dejando de lado esa amalgama de orgullo vestido de rabia, que se va posando sobre nuestros sentimientos para con las personas que han sido fundamentales en nuestra existencia.

 

Siempre me he encontrado cómodo en medio de la naturaleza, subiendo montañas, paseando por playas...he dejado que sus armónicos sonidos fuesen capaces de silenciar el ruido de mi interior. Y hace unos años descubrí mi silla de parar las prisas en medio de la Sierra de la Demanda. Sentado al borde de las Lagunas de Neila, en la cima de Picos de Urbión o disfrutando del invierno en Laguna Negra. Un lugar mágico en donde la quietud se torna paz interior. Supongo que todos tenemos un lugar, no importa cual.

 

Y ahora que el camino se torna inestable; que las piedras tal vez puedan convertirse en pequeños muros. Es el momento de disfrutar todavía más de esos pequeños momentos en los que todo es nada. En este mundo de redes sociales, de realidades impostadas y trivialidades por doquier; pocas cosas son tan gratificantes como sentarse y ver pasar el mundo. Háganlo, merece la pena.

© 2026 Tras más de cincuenta palos
Con la tecnología de Webador